Endika Iriso
Podrían buscarse numerosas similitudes a la hora de referirnos al mundo y sus devenires geopolíticos. Bien podríamos decir que es una jungla, donde impera la ley del más fuerte y cada cual busca su supervivencia. O quizás un teatro, con narrativas y guiones cuidadosamente coreografiados y algún que otro momento de improvisación. Podríamos compararlo con un tablero de ajedrez, una tela de araña, un mercado (negro)… Pero una de sus más conocidas, grotescas, y a su vez divertidas semejanzas, es el patio de un colegio.
El mundo es un extraño recreo donde, a pesar del caos, cada cual tiene bien claro cuál es el lugar que ocupa. Todos y todas saben bien cuáles son las reglas, aunque eso no significa que se cumplan. La reputación es clave y los cuchicheos, falsos o verídicos, pueden ser hirientes.
Sin lugar a dudas, la posición más demandada es la del abusón. Dueño y señor de la cancha de fútbol, el abusón amedrenta mediante la fuerza a sus compañeros para que se juegue cómo y cuándo él quiera. El “figura” sabe emplear sus dotes de dominación, soltando collejas y empujones cuando así lo requiere, o embaucando con habladurías cuando lo precisa. Promete comodidad bajo su dominio, y de tonto no tiene un pelo.
A su alrededor se junta toda clase de calaña: chivatos, lamebotas, matones de segunda, gente sin personalidad… También hay niños y niñas que intentan pasar desapercibidos. “Mientras no se meta conmigo, yo no me meto”. No es el más guapo, ni el mejor jugador, ni el mayor de edad. Ni siquiera cae bien a la mayoría, pero es el más fuerte. Algunos, por temor y otros por saborear migajas de poder, piropean a su líder o hacen oídos sordos a sus perrerías. Incluso el profesor, que debería velar por los derechos de todo el alumnado, parece estar de parte del bravucón, pues siempre resuelve las disputas en su favor.
Pero el abusón tiene un problema. Tiene la cancha, pero no tiene el balón, ya que este pertenece a un niño bajito y moreno, sin aparente fuerza, pero peleón. Tras días de gestos, miradas y frases amenazantes, el matón decide hacerse con la bola de un tortazo. “Se acabó, el balón es mío porque soy el más fuerte”.
Ya había ocurrido anteriormente con otros niños y niñas. El abusón les robaba el bocata, los juguetes o el dinero, acusándolos de tramposos, ineptos, o convenciendo a los demás de que eran un peligro para su seguridad. Esta vez, acusó al morenito de pasar petas, afirmando que no toleraba drogas en su patio. Todo el mundo sabe que es mentira, pues el propio abusón es el primero en hacer trapis y se pone doblao. Pero da igual, ya ni siquiera se curra las excusas.
Sin embargo, las cosas están comenzando a cambiar en el colegio. Las últimas amenazas e impulsivas actuaciones del matón no son más que reflejo de ello. Hay niños y niñas que no quieren seguirle el rollo al abusón. Una niña asiática y otro del Este están convenciendo a algunas cuadrillas para que dejen el fútbol y se vengan a jugar a pelota al frontón, y parece que les funciona. Un nuevo poder emerge al fondo del patio, y aunque a guantazos todavía tengan las de perder, manejan otras estratagemas. “Son malos, os harán daño”, aclama el abusón, mientras agarra de la chaqueta a sus secuaces para que no se le escapen.
Quizá el abusón grite más alto, dé más miedo. Quizá todavía controle la cancha durante un tiempo. Pero los niños y niñas no son tontos, y el recreo no es eterno.
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