El pasado mes de abril los hermanos olitenses Sofía, Paula e Iñigo Chueca, decidieron emprender una experiencia transformadora en Senegal. Ellas, dentistas, y él, ingeniero, partieron en Semana Santa para un voluntariado en San Luis, Senegal. Durante esos días, se enfrentaron a la dura realidad de la salud bucodental en uno de los países más empobrecidos de África, viviendo situaciones que marcarían un antes y un después en sus vidas.

Todo empezó cuando Paula, que ya había participado en un voluntariado en México durante su época universitaria, sintió la necesidad de repetir una experiencia similar. “Me dieron una beca del colegio de dentistas y estuve unas cinco semanas en México. Me encantó y pensé, esto lo tengo que repetir”, cuenta Paula. Esa experiencia abrió el camino también para Sofía, quien no dudó en unirse al siguiente proyecto.

El detonante fue la necesidad de atención dental en Senegal, detectada por la ONG Jerejeff, a través de la cual médicos de traumatología de la Clínica Universitaria de Navarra (CUN) ya realizaban voluntariados anuales. Paula y Sofía, viendo la gran carencia de cuidados dentales, propusieron organizar un voluntariado propio enfocado exclusivamente en la odontología.

Sin embargo, la preparación no fue fácil, ya que “todo partía desde cero”. “No había materiales ni experiencia previa de dentistas viajando con esa ONG a Senegal. Viajamos con cuatro maletas de 23 kilos cargadas de material que un dentista nos donó, aunque también cogimos mucho de nuestra propia clínica. Sobre todo, cepillos de dientes, cartuchos de anestesia y jeringas. Pero llevamos de todo”, recuerdan.

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Así, la propia ONG gestionó los permisos necesarios para que el equipo pudiera trabajar en San Luis, además de certificar que eran dentistas y garantizar la legalidad de su actividad en la zona. Una vez solucionado el papeleo, empezaron los preparativos.

El alojamiento también fue organizado por Jerejeff, a través de su contacto local en Senegal, Babacar, quien les proporcionó estancia y comidas en un hotel de la zona.

El grupo partió rumbo a Senegal el 28 de marzo, y aunque estaban preparados para la experiencia, nada podía haberles anticipado lo que se encontrarían al llegar.

El primer impacto

La primera impresión al llegar fue abrumadora. “La ubicación del proyecto estaba en el barrio más deprimido de la zona más deprimida. Íbamos a lo peor, al barro. De hecho, los pacientes eran o muy niños o muy mayores, no había gente joven. Al final tienen tantos hijos y tan poco dinero que mandan al crío, y si da tiempo pues ya iré yo”, relatan.

La limpieza, o falta de ella, también fue un shock. “Nada más llegar al centro de salud, fue girar una esquina y ver una fila de gente descalza en la arena. Casi no te dejaban pasar de la cantidad de gente que había. Además, estaba todo tan sucio, había una cantidad de polvo y de mierda bestial, que decíamos: aquí no sabemos si vamos a hacer más bien que mal. Claro, al final necesitamos unos mínimos para trabajar”, comentan.

En cuanto a las condiciones de trabajo, las cosas no mejoraron. Los dentistas locales les prestaron un sillón dental, pero la falta de electricidad y de agua hizo que el equipo se enfrentara a un entorno completamente caótico. Paula recuerda cómo “la fresa se quemó porque no había agua”. A pesar de todo, se adaptaron rápidamente.

Mientras que Paula y Sofía realizaban las cirugías dentales, su hermano Iñigo, que no tenía experiencia previa, se unió como auxiliar. “Ellas eran las principales, pero yo ayudaba donde podía”, comenta con humor, “ahora puedo poner en el currículum que fui auxiliar de dentista durante cinco días (risas)”.

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El trabajo era incesante. Desde las 8:30 de la mañana hasta las 6 de la tarde el equipo atendía sin descanso, solo parando brevemente para comer. En total, llegaron a atender a más de 600 personas, muchas de las cuales nunca habían recibido atención dental en su vida. “Era frustrante”, confiesa Sofía.

“En cuanto a sus necesidades, había de todo, desde una limpieza, hasta empastes, extracción, desvitalizaciones… atendías a niños de 7 u 8 años y les tenías que sacar dos muelas que podrían haberse salvado si hubieran tenido acceso a una atención básica”, explican.

La experiencia no solo les impactó profesionalmente, sino también a nivel personal. “Es adictivo”, confiesa Paula, mientras añade que “ves a gente tan maja que te llena”. Recuerdan también, con tristeza, el caso de un niño de 8 años al que tuvieron que extraerle varios dientes. “No le hacía efecto la anestesia de la infección tan grande que tenía. Era increíble lo valiente que fue ese niño”, recuerda Paula.

Otra de las imágenes que más les impactó fue la de las raíces de los dientes que extraían, “enormes en comparación con el tamaño del niño”. “Las raíces de los dientes van con la altura. Decías, este crio está chiquitico para las raíces que tiene; tenía el potencial para medir 1’90 metros, pero se había quedado en 1’60 porque no comía, estaban desnutridísimos”, cuentan.

“El antibiótico también lo dábamos a ojo, porque además que teníamos el justo, te venía un crio y decías mira que majico con 8 años, pero en verdad tenía 14 o 15. Ya te digo que no pesaban nada. Lo mismo con las personas mayores. Aparentaban 80 y no llegaban a los 65 años”.

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A pesar de la frustración inicial, el equipo terminó la experiencia con un sentimiento de realización y una fuerte convicción de que debían regresar. “Al principio me frustraba mogollón porque sentía que no podía hacer lo suficiente. Era como si vas a una pieza del campo salvaje, que nunca se ha labrado, y quitas durante una semana, una hoja cada uno un día. Es que es imposible. Pero luego, con el paso del tiempo y viéndolo con perspectiva, te das cuenta de que sí haces algo útil. Quitas un dolor de dientes y eso ya es un alivio para ellos”, manifiestan.

La prevención, vital

Además de las intervenciones directas, los hermanos también realizaron visitas a colegios y Daras, las instituciones musulmanas donde los niños viven en condiciones extremadamente precarias. “Allí los niños son abandonados por sus padres porque no pueden mantenerlos. Estos niños viven en la calle, mendigando lo que comen, y son sometidos a todo tipo de abusos si no consiguen dinero. Además, la cantidad de niños desnutridos era alarmante, y las condiciones de higiene, mínimas”.

A pesar de todo, el equipo intentó realizar no solo extracciones y cirugías, sino también charlas de prevención en colegios y en las propias Daras, enseñando a los niños la importancia de cepillarse los dientes para evitar futuros problemas dentales. “Por eso es tan importante la prevención. La conciencia de la higiene diaria que aquí está normalizado desde que eres niño, allí no la tienen. Entonces si les explicas que, si se cepillan la boca, no tendrán tantos problemas, es un paso. Es poner un grano de arena en un universo gigante”.

Con fecha de vuelta

El objetivo de la ONG es continuar con el proyecto a largo plazo, realizando un seguimiento de los pacientes atendidos y tratando de mejorar su calidad de vida a través de la prevención. En ese sentido, el equipo registró cuidadosamente los nombres de los pacientes, su edad y los tratamientos que recibieron, con la esperanza de ver una mejora en su salud dental en futuras visitas.

Por otro lado, para que el proyecto pueda continuar y mejorar, es necesario equipar el lugar adecuadamente. La buena noticia es que este año han conseguido la donación de tres sillones dentales. “El problema ahora es cómo llevarlos e instalarlos”, admiten preocupados. La idea del equipo es volver a Senegal lo antes posible, esta vez fuera del periodo de Ramadán, y llevar los sillones donados para mejorar la calidad de los tratamientos.

“Claro que volveremos, y si es con más gente, mejor todavía. Con tres dentistas que éramos, es que ni dedicando mil vidas. Con el voluntariado no harías ni un cuarto de lo que necesita esa gente”.