Familias de Falces reclaman una línea de modelo D en el colegio del municipio
El pasado 1 de junio, Falces celebró una fiesta. Hubo música, juegos y buen ambiente. Pero no fue una fiesta cualquiera. Fue también un acto de reivindicación. Y es que las familias que están intentando impulsar la apertura de una línea de modelo D —enseñanza íntegra en euskera— en el colegio público del pueblo, salieron a la calle para visibilizar su lucha, recabar apoyos y, sobre todo, recordarle al Gobierno de Navarra que no están pidiendo un privilegio, sino reivindicando un derecho.
De hecho, llevan meses peleando para que sus hijos e hijas puedan estudiar en euskera sin tener que salir del pueblo. “Estamos agotadas”, dicen con sinceridad. “Llevamos desde septiembre con reuniones, papeles, llamadas… y no hemos conseguido nada. Todo son piedras en el camino”, explican.
La petición comenzó desde abajo. Un grupo de familias con hijas e hijos pequeños decidió interesarse por cómo solicitar el modelo D en su propio municipio. Contactaron con asociaciones como Sortzen, se informaron, reunieron documentación y fueron cumpliendo paso a paso los requisitos que se les exigían.
En poco tiempo lograron reunir once instancias oficiales, de once familias interesadas, y cinco matrículas confirmadas para el próximo curso: más que suficiente para activar una nueva línea en muchos pueblos similares.
Sin embargo, lo que llegó después fue un muro de silencio. El Departamento de Educación no respondió. Las familias se enteraron de que el modelo D en Falces se quedaba fuera por la publicación del nuevo mapa escolar. “Ni una llamada, ni un correo, ni un no. Simplemente nos ignoraron”, explican.
Solo tras insistir, presentar alegaciones formales, cartas de apoyo y sumar presión institucional, lograron que el director general de Educación, Gil Sevillano, accediera a reunirse con ellas. Pero lo que esperaban que fuera una oportunidad de diálogo, fue más bien un portazo: “La respuesta fue clara —relatan—: que este no es un proyecto prioritario para el Gobierno”.
“Ni una llamada, ni un correo, ni un no. Simplemente nos ignoraron”
Apoyo desde el pueblo
A esa reunión acudieron también la alcaldesa de Falces, Gloria Olcoz, y el director del colegio, David Ruiz. Ambos se mostraron abiertamente favorables a que se abra la línea en euskera.
No solo como una cuestión educativa, sino como una estrategia de futuro para el pueblo. “No podemos permitirnos perder más familias”, advertía Gloria. “Y si el euskera puede ser una razón para que estas familias se queden, es una oportunidad que hay que aprovechar”.
Desde el propio colegio también se ha reconocido que existe un problema general de espacio, pero se insiste en que hay zonas infrautilizadas que podrían habilitarse. La línea D necesitaría, de momento, una sola aula de infantil. “Hay espacio para ello. No es un obstáculo insalvable”, aseguran.
El proyecto, por tanto, no es solo educativo. Es una apuesta por el arraigo. Por dar razones para que las familias jóvenes elijan quedarse, crecer y hacer comunidad en Falces. Porque, en un contexto de despoblación creciente, ofrecer más servicios públicos —y especialmente educativos— no debería verse como un gasto, sino como una inversión.
Exigencias desproporcionadas
Uno de los mayores reproches de las familias es el nivel de exigencia desproporcionado que se les impone. El Gobierno de Navarra plantea la necesidad de cinco aulas para autorizar la apertura de la línea, una cifra completamente fuera de escala para un pueblo como Falces. “Nos están exigiendo un proyecto que ni siquiera pedimos. Es como si lo hicieran inviable a propósito”, denuncian.
Además, ese proyecto se ha diseñado sin que ningún inspector haya visitado físicamente el centro. “Han trabajado con planos antiguos, de cuando se construyó el colegio. No tienen en cuenta reformas recientes ni el uso real de los espacios. Ni siquiera saben qué zonas están en funcionamiento y cuáles no”.
Mientras tanto, se sigue exigiendo a las familias más de lo que se pide en otras zonas. “En colegios grandes, sí puede tener sentido pedir cinco aulas. Pero aquí estamos hablando de otro contexto, de otra escala. En vez de facilitar que la gente se quede a vivir en los pueblos, se nos está expulsando por falta de servicios. En los pueblos pequeños no jugamos con las mismas reglas que en los pueblos grandes, y eso no lo están viendo a la hora de realizar sus estimaciones de alumnado”.
Y lo más preocupante: si no se habilita esta posibilidad, es muy probable que varias de estas familias se vean obligadas a irse del pueblo o a escolarizar a sus hijos e hijas en otra localidad. “Queremos que nuestros hijos vivan, crezcan y estudien aquí. El modelo D puede ser esa herramienta que lo haga posible. No puede ser que, por falta de voluntad política, se pierda esa oportunidad”.
“Nos están exigiendo un proyecto que ni siquiera pedimos. Es como si lo hicieran inviable a propósito”
Un modelo inclusivo, no excluyente
Durante todo este proceso, las familias han puesto especial cuidado en que su reivindicación sea también un espacio de encuentro e inclusión. Lejos de lo que algunos han podido insinuar, no buscan segregar, sino sumar.
De hecho, dos de las once instancias presentadas son de familias de origen marroquí, y desde el primer momento toda la información se ha traducido y compartido en castellano, euskera y árabe, para que todo el mundo pueda sentirse parte.
“La segregación no se da en el modelo educativo, se da fuera: en el parque, en las fiestas, en la plaza. Nosotros no queremos levantar muros, queremos construir puentes. El euskera puede ser precisamente un idioma común, un punto de partida para todas y todos”, explican. Y añaden: “Estamos encantadas de que se nos una gente diversa. Es más, sería lo ideal”.
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