Entrevista a Manuel Martorell, autor del libro ‘Radica. El pueblo en armas’

Endika Iriso

La historia la escriben los vencedores, y rara vez ofrece una visión objetiva de los hechos. El bando perdedor es denostado con etiquetas exacerbadas y condenado al ostracismo, mientras que el vencedor es libertador y se cubre de gloria. El gran arraigo popular que tuvo el carlismo durante todo el siglo XIX, sin embargo, es el primer factor que nos hace sospechar de que no se trataba simplemente de unos “carcas, fanáticos, absolutistas y contrarios a las libertades”, como los caricaturizaba la prensa española pro-gubernamental.

Su derrota contrajo la desaparición de los fueros y leyes propias de las cuatro provincias vasconavarras y su herencia política es tan dispar que roza el antagonismo: socialistas, nacionalistas, monárquicos tradicionalistas… El conflicto que enfrentó a todos ellos en 1936, mostraría la cara más oscura de los boinas rojas, la que en nombre del “Dios, la Patria y el Rey” inmolaría su lado social bajo las faldas del franquismo.

Pero eso es otra guerra, que poco tiene que ver con la de 1872, donde un heróico albañil de Tafalla, seguido por sus humildes vecinos, puso a temblar los pilares del estado centralista. Son aquellas hazañas del 2º Batallón de Navarra las que el periodista e historiador Manuel Martorell ha rescatado de la noche de los tiempos. Un auténtico homenaje a los 239 voluntarios tafalleses que marcharon con Radica a defender «su vieja ley». El beneficio del libro lo donará para costear el monumento que los recuerda.

Estamos ante uno de los personajes históricos navarros más relevante del siglo XIX. ¿Por qué crees que ha pasado tan desapercibido?

Como ocurre en otros casos, hay varias razones. Una de ellas es que la historiografía se ha centrado más en los movimientos sociales que en las biografías personales. También porque el carlismo, durante las últimas décadas, no ha sido un tema políticamente correcto; no lo fue bajo el franquismo y tampoco lo sigue siendo ahora. Por eso la iniciativa de Tafalla es tan excepcional. Igualmente hay otros factores, entre ellos que se haya perdido el rastro familiar al no tener descendencia, perdiéndose los recuerdos y la documentación personal.

«Sin ser militar, Radica derrotó con maestría a generales profesionales»

Pongámonos en contexto, ¿cómo era aquella Tafalla de la segunda mitad de siglo?

Cuando Altaffaylla me encargó escribir la biografía de Radica yo no conocía apenas este personaje y tampoco como era aquella Tafalla. Me ha sorprendido que fuera un claro ejemplo de la fuerte raigambre que tenía el carlismo en las pequeñas ciudades del ámbito rural vasconavarro. Como la mayor parte de las localidades de Euskal Herria, las gentes de Tafalla defendían apasionadamente sus “usos y costumbres” frente a un nuevo poder político y económico que amenazaba una forma de vida aceptada por la mayor parte de la población.

Más allá del uniforme y de su labor como maestro de obras, ¿cómo crees que sería Radica? ¿Y los vecinos que lo siguieron?

Eran “gente de alpargata”, es decir, del pueblo; gentes que no estaban dispuestas a que les gobernaran, con chapuzas y fraudes electorales, los más potentados; “amantes de su independencia”, como se solía decir. De unos valores tradicionales que todavía consideraban válidos; partidarios de una sociedad en la que todavía existía una notable participación popular y donde cada cual tenía su puesto y función social. Gentes, en definitiva, no dispuestas a que viniera alguien de fuera a decirles cómo tenían que gobernarse, mucho menos imponiendo el nuevo sistema “manu militari”.

Tendemos a hacer una interpretación deshumanizada de las guerras pasadas; entre mapas, estrategias, heroísmo y gloria… Pero, transportándonos al campo de batalla, ¿cómo imaginas que era la lucha?

Exactamente. En contra de lo que ocurre ahora, en aquellas batallas el valor personal de los combatientes, la fuerza de sus convicciones, era más importante que tener grandes cañones o modernos fusiles. La mayor parte de las batallas que ganaron los carlistas fue por la valentía y el arrojo de los voluntarios que seguían a sus jefes con fe ciega.  Por eso, hasta sus enemigos, reconocían y respetaban el valor de Radica y de su 2º Batallón de Navarra.

También hubo momentos de gran humanidad, como las que se vivieron durante los duros combates de Somorrostro, donde Radica y Ollo perdieron la vida. En muchos casos, se agotaban las municiones y se combatía cuerpo a cuerpo, cargando a la bayoneta, a culatazos e incluso a pedradas. Y aquí quien tiene las de ganar es quien más convencido estaba de su causa, y esto es lo que ocurría con los carlistas. Ganaban batallas, pero perdían las guerras porque se enfrentaban al impresionante aparato militar del Ejército regular.

¿Qué dirías que es lo que más te ha alucinado de Radica?

Su sencillez y su entrega a una causa. El que sin ser militar llegara a dirigir con gran eficacia y maestría una temible fuerza de choque que burló y derrotó a generales profesionales, con gran capacidad militar, como Moriones, Nouvilas o Primo de Rivera. También su trabajo como “maestro de obras” en su ciudad, mejorando considerable la comunicación vial de Tafalla.

El libro ofrece otra interpretación del carlismo. Tras esa etiqueta reaccionaria que se le ha impuesto ligada a la defensa del trono y el altar, ¿que suponía dicho movimiento para el pueblo llano?

Esta es la etiqueta que la historiografía oficial, es decir la historia del poder, ha transmitido durante dos siglos en escuelas, institutos y universidades: reaccionarios y absolutistas. Pero habría que preguntarse qué era más reaccionario: defender los concejos abiertos que permitían la participación de todo el pueblo o el voto censitario reservado a los más pudientes. Defender los fueros, que daban una cuasi independencia a las actuales nacionalidades, o el Estado centralista. Los comunales o la propiedad privada, las distintas lenguas o el uso exclusivo del castellano, un ejército voluntario y profesional o la mili obligatoria.

Los carlistas defendían lo primero, pero han pasado a la historia como reaccionarios y absolutistas, mientras que la minoría burguesa, que acaparó el poder político y económico gracias al voto censitario han sido considerados demócratas y progresistas. Y esto no solo ocurrió en Euskal Herría o Cataluña. Curro Jiménez fue guerrillero carlista porque el burgués de turno arruinó a su familia quitándoles la barca de Cantillana y mandando a sus hermanos al servicio militar, separando así durante años a los hijos de sus padres. Fue tachado de bandolero y criminal. Algunos periódicos liberales llegaron a decir que los carlistas eran “los pieles rojas” de Eruopa y con esta fama de reaccionarios, absolutistas y sanguinarios criminales han pasado a la historia.

«El liberalismo nunca fue democrático en el siglo XIX»

clases? En el caso de las cuatro provincias, ¿podría tener incluso indicios de lucha de liberación nacional?

Más que de lucha de clases hay que hablar de conflicto social, ya que la lucha de clases se asocia con las organizaciones obreras y la conciencia política. Aquí no pasamos de instinto de clase. Pero es cierto que las motivaciones sociales jugaron en las insurrecciones carlistas un papel más importante del que normalmente se piensa. Esto se refleja sobre todo en los episodios de los “malcontents” y los “matiners” de Cataluña.

Algo parecido ocurre con la cuestión nacional en el País Vasco. En las guerras carlistas el apoyo popular era mayor en Vizcaya y Guipúzcoa que en Navarra. En la comarca vizcaína de las Encartaciones surgieron partidas de un foralismo radical que rayaba el independentismo y la Diputación de Vizcaya fue acusada de buscar la independencia con el apoyo de Francia. Es, en este sentido, muy significativo que Vizcaya pasara en solo dos décadas de ser un feudo totalmente carlista a principal foco del PNV.

¿Qué se escondía tras la supuesta libertad que vendían los liberales? ¿Quiénes la defendían mayoritariamente?

El liberalismo, durante todo el siglo XIX, defendió el voto censitario, que estaba reservado, en el mejor de los casos, al 7 por ciento de la población, a la gente con determinado patrimonio o elevada condición social. El 93 por ciento no tenía, por lo tanto, ninguna posibilidad de participar en el sistema político. Cuando, por primera vez, la Revolución de 1868 instauró el sufragio universal masculino, la práctica totalidad de los ayuntamientos y de los diputados cayeron en manos carlistas, con índices de apoyo popular entre el 70 y el 75 por ciento.

En muchos lugares de la región vasconavarra, como ocurrió en el distrito de Tafalla, al ver estos resultados, se volvió al voto censitario. Se dio la paradoja de que al final del siglo XIX los republicanos y los carlistas eran los únicos que defendían el sufragio universal. En definitiva, el liberalismo nunca fue democrático en el siglo XIX.

¿Qué supuso la derrota carlista del siglo XIX para las provincias vasconavarras?

Esto es más conocido. La principal consecuencia de la derrota carlista fue el fin de los fueros en el País Vasco y el surgimiento de la cuestión nacional.

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